Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (ねじまき鳥クロニクル Nejimaki-dori Kuronikuru), 1994

Tooru Okada, un joven japonés que acaba de dejar voluntariamente su trabajo en un bufete de abogados, recibe un buen día la llamada anónima de una mujer. A partir de ese momento la vida de Tooru, que había transcurrido por los cauces de la más absoluta normalidad, empieza a sufrir una extraña transformación.cronica del pajaro que da cuerda al mundo A su alrededor van apareciendo personajes cada vez más extraños, y la realidad, o lo real, va degradándose hasta convertirse en algo fantasmagórico. La percepción del mundo se vuelve mágica, los sueños son realidad y, poco a poco, Tooru Okada deberá resolver los conflictos que, sin sospecharlo siquiera, ha arrastrado a lo largo de toda su vida. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo pinta una galería de personajes tan sorprendentes como profundamente reales. El mundo cotidiano del Japón moderno se nos aparece de pronto como algo extrañamente familiar.

No es que Murakami “introduzca” elementos fantásticos. Lo que ocurre es que el mundo de sus novelas no es el mundo en el que hoy creemos vivir en occidente (el mundo plano de la racionalidad científica en el que sólo hay materia). Tampoco es el mundo que se vivía hace tres siglos (el mundo del drama cristiano, en el que materia y espíritu son realidades distintas y opuestas).

Aunque exteriormente sea el nuestro, el mundo de Murakami es el mundo en el que se vivía en la Grecia clásica, y en el que todavía viven las pocas culturas tradicionales que van quedando. Un mundo en el que existen materia y espíritu pero también un reino intermedio, lo que Patrick Harpur llama realidad daimónica. A este reino pertenecen las hadas y los fantasmas, que no son puramente espirituales ni materiales. Este es el reino de la imaginación, pero esa imaginación, tal como se ha entendido en las culturas tradicionales, es también algo daimónico, no puramente mental o inmaterial.

En la “Crónica…“, por ejemplo, el personaje de Noboru Wataya es como un dios perverso y amenaza con hacer que su realidad maligna se infiltre en esta y la domine. Ese mal tiene una cierta entidad física, no es totalmente espiritual: el protagonista, Tooru Okada, la siente como una “cosa” al poner las palmas sobre las sienes de sus pacientes. Ese mal pertenece a la realidad daimónica. Igual que son daimones las hermanas Malta y Creta Kanoo o el cantante que pone su mano en la llama de una vela…

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